viernes, 16 de junio de 2017

El mejor amante




Por: Alejandra Inclán



Llego ansiosa a casa, a ese lugar donde tú me esperas.

No resisto más. Entro y te veo. Me esperas también. Apenas te dejé anoche y sé que deseas ser mío nuevamente.

Debo tenerte entre mis manos. Anhelo tocarte. Anhelo sentirte. Olerte. Mirarte.

Y aunque pareciera que llevo prisa me doy mi tiempo para prepararme. Para prepararte.

Tú  me das esos momentos gratos. Me das intensidad. Me inspiras. Me emocionas. Me trastornas. Me haces reflexionar y sentir. Logras que partes muy secretas vibren en mí.

Dicen por ahí que no eres único, que existen muchos como tú. Es cierto, existen muchos. Y con varios de esos muchos también he gozado los sentimientos y reflexiones que he tenido contigo.

Pero tú eres el elegido en este momento. En el futuro terminaré contigo y estaré de duelo un rato. Solo por un rato.

Sé que uno más vendrá. Y lo aceptaré. Primero con timidez y curiosidad. Luego sabré si tiene potencial para llenarme. Si no lo tiene es que no era para mí. A alguien más llenará.

Siempre he sido una promiscua con los de tu tipo. Me encanta serlo. No lo niego. Mas no estés triste, porque en estos momentos eres tú quien se va a la cama conmigo.

Antes fuiste un extraño. Hoy ya no. Hoy aprendo cada instante algo de nuevo de ti. Eres todo un maestro.  Te quiero amar hasta terminar.

Así que entrégate a mí. Déjame desnudar todo tu ser. Hay tanto por saber. Tanto que sentir. Por ello amor mío, déjame experimentar junto contigo, el orgasmo y el placer de leer.                                                                                        

Los libros: el mejor amante que un alma ávida de saber puede tener.



Derechos reservados © 2017, Verónika Alejandra Inclán Cazarín




miércoles, 17 de mayo de 2017

Y me abrazas




Por: Alejandra Inclán



Mi corazón está encogido, con pocos latidos, sombrío, perdido. Toco mi pecho y algo duele. Siento el vacío en todo el cuerpo, porque el alma se me ha extraviado en un aliento. 

El sentido de mi vida da giros que me han desorientado. No sé si avanzo o retrocedo, no sé si camino en círculos, no sé si hay alguien cerca que me de la mano para sostenerme. Y es que casi estoy sola, casi agotada, casi paralizada. Casi... Porque algo me jala, no me deja agonizar, no me deja claudicar, terminar con las ilusiones que aún tengo. 

¿Te puedo abrazar? Dices, y yo, con una mueca intentando simular una sonrisa te digo indiferente: si tú quieres. Y me abrazas, y creo que estoy sintiendo que hay esperanzas. 

¿Quién eres? Te pregunto. Soy tú, soy yo. Soy a quien por mucho tiempo ignoró nuestro corazón.




Derechos reservados © 2017, Verónika Alejandra Inclán Cazarín

miércoles, 10 de mayo de 2017

Las muñecas



Por: Alejandra Inclán




A mi mamá a mi tía
y a mi abuelita Olaya que no conocí




Olaya fue presurosa sonriendo y pensando en sus nietas. Se sentía muy bien. Ya quería ver esos pequeños rostros felices y ver como arrullaban sus muñecas entre sus brazos. Se las imagino grandes, ya como madres y con sus críos mamando. Se dijo así misma: <<Quiero mucho a mis nietas>>. Y con ese pensamiento rememoró la situación que la llevó a ese punto: 

–Olaya, abuelita Olaya, quiero una muñeca –dijo Esther con tristeza y un fuerte anhelo.

Olaya agarró y le dio una cachetada a la pequeña Esther. Ordenándole que se dejara de pensar en burradas y fuera a lavar los trastos.

Esther lloraba desconsolada. Era una niña de 9 años. Desde que nació su único juguete fue un juego de té usado, que le dieron a su mamá, para ella y su hermana Margarita, que era un año menor. Siempre veía a otras niñas con muñecas y deseaba una. La quería intensamente. La pobre Esther y su hermana casi no sabían de juegos. Toda su vida se volvió en ayudar en los deberes a su mamá, en el rancho donde vivían. Cuando Esther apenas cumplió los 9, le mandaron  junto con Margarita al pueblo, con su abuela Olaya, para que al menos estudiaran tres años de primaria y supieran leer y escribir.

Olaya tenía artritis y ya no podía hacer muchas labores del hogar. Sus manos se ponían rígidas con la humedad, así que la llegada de sus nietas fue una bendición. Si por ella fuera no hubieran ido a la escuela. Pero no eran sus hijas y lo poco que le daban de dinero, su hija y yerno, era para ese propósito. No es que Olaya fuera mala. Así fue criada, con el pensamiento que la mujer solo sirve para la cocina y atender al marido. Sí creía que era importante leer y escribir. Por ello a su hija Gulnara la mando un año a la primaria. Y ahí estaban sus nietas para cursar no uno, sino tres años de escuela. Para ella eso era mucho.

–Yo también quiero una muñeca –dijo Margarita que se acercaba a Esther que lavaba platos. Su actitud era neutral. Si no fuera por su deseo manifestado verbalmente, podría decirse que carecía de emociones. Mas no era así. Margarita simplemente era una niña que veía y callaba, aceptaba y no cuestionaba nada. No lloraba. Sólo por Esther se atrevió a romper su silencio y manifestar un deseo. Quería mucho a su hermana aunque no lo dijera, y siempre que podía se solidarizaba con ella cuando estaban a solas.

Olaya escucho a Margarita cuando dijo eso a Esther. Iba a decirles algo pero calló. Prefirió escuchar la conversación de sus nietas.

Esther empezó a llorar cuando escuchó a Margarita. Sollozaba amargamente, diciéndole que se sentía muy mal de ver a otras niñas que si tenían muñecas. Que qué bonito era verlas arrullarlas, besarlas, jugar a cambiarle los pañales y quererlas mucho.

Margarita acarició el cabello de su hermana, y Esther seguía llorando. Olaya sintió una opresión en su corazón. Como dije, ella no era mala. Simplemente no le alcanzaba para comprar una muñeca, mucho menos dos. Apenas y vivía con una pensión con la que escasamente comía. Lo que le mandaban para las niñas también era escaso, con ello y apenas les podía dar un desayuno y una comida. Nada de cena. 

Olaya quiso llorar. No pudo. La vida le había hecho dura y sus lágrimas se habían secado hace mucho. Pero aún sentía dolor. Recordó su infancia y se dio cuenta que ella también sufrió la falta de una muñeca. Pensó: <<Mis nietas, que mala soy, yo también fui niña, no debí pegarle a Esther, no se lo merecía>>.

Así que al día siguiente mientras las niñas estaban en la escuela, fue a casa de una costurera amiga suya. Vivía algo retirada de la casa. Había que pasar al otro lado de la carretera que conectaba al pueblo con el mundo. Luego había que pasar por el puente colgante que atravesaba el río. Llegó y dio los buenos días.

–Lourdes, buenos días ¿se puede?

–¡Olaya que milagro! Pasa mujer, pasa. Ya sabes que esta es tu casa –dijo Lourdes sorprendida de la visita.

–Pues ya ves. Aquí ando.

–¿Qué se te ofrece? Tú ya no sales a menos que sea necesario.

–Así es, tienes razón. Hoy es una de esas veces.

–Pues cuéntame.

–Se trata de mis nietas, sobre todo de la pequeña Esther. Quiere una muñeca. Yo no tengo pa comprarles. Ya sabes que soy de las más pobres del pueblo. Pero ayer lloraba mucho y no pude resistirlo. Por eso vengo. Quisiera ver si me puedes hacer dos muñecas de trapo. No te las puedo pagar enseguida, pero haré el esfuerzo de pagarte antes de un mes, aunque me esté dos o más días sin comer.

La confesión conmovió a la amiga de Olaya, quien sin dudarlo le dijo:

–Ay Olaya. No te cobraré nada. Dos muñecas de trapo las hago fácilmente, con todos los retazos de tela que me quedan de las costuras que hago. Y ahí tengo estambre para hacerles el pelito. Ahorita casi no tengo trabajo, así que puedo tenértelas mañana como a esta hora.

–¿De verdad Lourdes?

–Sí mujer. Yo también fui chamaca. Yo sé lo que es desear una muñeca.

–¡Gracias! La verdad es que yo misma las haría, pero mis manos se engarrotan fácilmente con la aguja y el hilo, y con mi vista no le atino al ojo de la aguja.

–No digas más Olaya. Yo mañana te las tendré.

Al día siguiente Olaya repitió el trayecto hasta casa de su amiga Lourdes. Vio las muñecas y sonrió.

–¡Te quedaron “rechulas”! –expresó–. Esther y Margarita van a estar muy contentas. No sabes cómo te lo agradezco. Te confieso que cuando Esther me dijo que quería una muñeca le di una cachetada. Reaccione por puro impulso. A veces olvidamos que de chamacas no distinguimos la falta de dinero, ni lo que hay que pasar para conseguirlo y comer. No sentí nada en el momento. Pero luego la oí hablar con Margarita y me arrepentí mucho. Fue cuando pensé en venir a verte. Mi  conciencia fue la que me trajo a ti.

–No sólo la conciencia Olaya. Te trajo el cariño que le tienes a tus nietas. Ya no te sientas mal. Anda ve, que esas  chiquillas no tardan en salir de la escuela.

Y Olaya fue presurosa sonriendo y pensando en sus nietas. Se sentía muy bien. Ya quería ver esos pequeños rostros felices y ver como arrullaban sus muñecas entre sus brazos. Se las imagino grandes, ya como madres y con sus críos mamando. Se dijo así misma: <<Quiero mucho a mis nietas>>.

Sumergida en sus pensamientos y en sus sentimientos, cruzó sin precaución la carretera. Entonces sólo vio negro, y de repente estaba en el suelo. No soltó las muñecas. Las vio por última vez. En ellas vio los rostros de Esther y Margarita, y comenzó a hablarles: <<¡Las quiero mis niñas, lo siento, su abuela se va! Fui muy mala con ustedes, por eso Dios me castiga ahora que quise hacer una buena acción. Perdónenme, aquí están sus muñecas>>. Diciendo esto cerró los ojos y nunca más los volvió a abrir.

Esther y Margarita estaban sorprendidas de la aparición repentina de su abuela ante sus ojos. Iban camino a la casa. No entendían el porqué de las palabras de Olaya para entregarles esas muñecas. Sólo sabían que estaban felices. Sonrieron y cada una tomo su muñeca, las abrazaron y luego abrazaron a Olaya, diciendo: <<¡Gracias  abuelita, gracias!>> 

En ese momento Olaya comprendió que se le había dado la oportunidad de ver por última vez a sus nietas. De hacer ese gesto que le permitiría ir en paz con el Señor. Las niñas se despegaron de su regazo y empezaron a caminar con una gran felicidad. Gritaban a Olaya: <<¡Vamos abuelita lleguemos a la casa, hoy te ayudaremos mucho con el quehacer!>>

Olaya ya no se movió de ahí. Tenía los ojos cerrados y dijo: <<Ya voy, ya voy>>. Sin embargo, esa frase ya no era para sus nietas, era para Dios. Se había despedido de ellas. Podía irse sin temor. 

Esther y Margarita voltearon y ya no vieron a su abuelita. Únicamente les quedó la presencia de su amor, representado en las muñecas de trapo que llevaban entre sus brazos. Las muñecas que tanto habían anhelado.

Derechos reservados © 2017, Verónika Alejandra Inclán Cazarín